GratisEnsayo

El nuevo opio: por qué la educación debe ser un punto fijo

La ideología política se volvió el analgésico de nuestro tiempo: consuela, da identidad y adormece. Un ensayo sobre sacar la educación de la trinchera, resolver desde lo singular y llegar a quienes el sistema dio por perdidos.

Omar León
Omar León
Fundador de Kreium 12 min de lectura
El nuevo opio: por qué la educación debe ser un punto fijo

Cada gobierno de las últimas décadas ha pronunciado la palabra «educación» en su discurso de posesión. Cada oposición ha acusado al gobierno de turno de destruirla. Y entre discurso y acusación, los datos de fondo se mueven poco: los mismos rezagos, las mismas brechas entre lo urbano y lo rural, los mismos estudiantes que llegan al final del colegio sin comprender lo que leen. La educación es, al mismo tiempo, el tema del que más se habla en campaña y uno de los que menos se resuelve en el poder.

Este ensayo parte de una sospecha incómoda: eso no es casualidad ni mala suerte. Es el resultado de tratar la educación como un botín ideológico —una bandera que cada bando agita para diferenciarse del contrario— en lugar de tratarla como lo que es: un problema técnico con soluciones conocidas, medibles y acumulativas, que necesita décadas de continuidad y no ciclos de cuatro años. Para explicar por qué caemos una y otra vez en esa trampa, quiero empezar por una metáfora.

La anestesia

Todo dolor persistente busca su analgésico. Cuando una sociedad carga con problemas que no logra resolver —pobreza que se hereda, instituciones que decepcionan, futuros que no llegan—, aparece siempre algo que ofrece alivio sin ofrecer cura. Nuestro tiempo encontró el suyo, y no viene en frasco: es la ideología política convertida en identidad. Un opio de nuevo cuño que no se fuma ni se inyecta, pero que cumple la misma función de siempre: calma el dolor de una realidad difícil y, a cambio, adormece la capacidad de transformarla.

El mecanismo es reconocible en cualquier sobremesa o red social. La ideología ofrece identidad: dice quién eres y quiénes son los tuyos. Ofrece explicación total: cada desgracia tiene un culpable claro, que casualmente siempre milita en el bando contrario. Y ofrece salvación: cuando «los nuestros» ganen, el país por fin va a cambiar. Es una fe completa, con sus liturgias, sus dogmas y sus herejes. Lo digo sin superioridad: también fui parte de ese ruido, también respondí comentarios desde la rabia creyendo que defender una etiqueta era lo mismo que mejorar un país. No lo es. Mientras el analgésico hace efecto, la única capacidad que produce cambios reales —mirar un problema con honestidad y ponerse a resolverlo— duerme.

El sesgo como identidad

Lo anterior podría sonar a opinión si no estuviera medido. La ciencia política lleva dos décadas documentando un fenómeno llamado polarización afectiva: la política dejó de ser un desacuerdo sobre ideas y se convirtió en una identidad social, con afecto hacia el propio grupo y hostilidad hacia el contrario. El trabajo de Shanto Iyengar y sus colegas en Estados Unidos encontró algo que debería alarmarnos a todos: en pruebas de asociación implícita, el prejuicio inconsciente contra el votante del partido contrario resultó más fuerte que el prejuicio racial. No odiamos las ideas del otro bando; aprendimos a desconfiar de las personas.

Y hay un segundo hallazgo, todavía más incómodo, porque desmonta la esperanza de que esto se arregle con «más educación» a secas. El psicólogo Dan Kahan diseñó un experimento elegante: le entregó a miles de personas una tabla de datos y les pidió sacar la conclusión correcta. Cuando la tabla hablaba de una crema para la piel, las personas con mejores habilidades numéricas acertaban más, como era de esperar. Cuando la misma tabla, con los mismos números, hablaba del control de armas, las personas más capaces no acertaban más: se equivocaban en la dirección de su ideología, y con más destreza que nadie. La inteligencia, en un contexto polarizado, no se usa para encontrar la verdad sino para defender al equipo. Kahan lo llamó «cognición protectora de identidad»: razonar bien se vuelve peligroso cuando la conclusión correcta te puede costar la pertenencia a tu grupo.

Ese es el sesgo ideológico en su forma pura: la realidad se filtra para que encaje en el relato. Si el bando propio comete un error, se matiza; si el contrario acierta, se sospecha. La verdad material pasa a segundo plano, y lo único que importa es proteger la pureza de la narrativa.

La paradoja del cambio

Aquí aparece la contradicción que motiva este ensayo. Si uno escucha con atención los discursos de ambos extremos, descubre que comparten una palabra sagrada: el «cambio». Los dos bandos justifican su existencia con la promesa de transformar la sociedad para alcanzar el bien común. Si el objetivo declarado es el mismo, la lógica dictaría que los esfuerzos convergieran en soluciones prácticas. Ocurre lo contrario: la búsqueda del cambio se convirtió en una guerra moral de buenos contra malos, y para que la anestesia surta efecto necesita alimentar un enemigo. Así, la discusión pública abandona los problemas que tienen solución —la pobreza, la salud, la educación— y se dedica a un debate estéril sobre ideales abstractos, donde importa más tener la razón ideológica que resolver la urgencia material.

Esto tampoco es una impresión: está estudiado a escala global. El Carnegie Endowment, en su investigación comparada sobre democracias polarizadas, documentó que cuando la polarización se vuelve «perniciosa» —cuando la sociedad se parte en dos bloques que se ven como amenazas existenciales— las consecuencias son siempre las mismas: la política pública se paraliza o se vuelve péndulo, cada gobierno deshace lo del anterior, y los problemas de largo plazo quedan huérfanos. De los casos que estudiaron en el mundo, muy pocos países lograron salir de ese estado. Colombia aparece en esa literatura con capítulo propio: el plebiscito de 2016, decidido por menos de un punto porcentual, es uno de los ejemplos clásicos de un país partido en dos mitades que ya no deliberan — se enfrentan.

Para la educación, el péndulo es letal por una razón estructural: sus resultados maduran en décadas, no en periodos presidenciales. Un programa de alfabetización, una reforma de la formación docente o una política de orientación vocacional necesitan quince o veinte años para mostrar frutos completos — cuatro o cinco gobiernos dispuestos a no destruir lo que no inauguraron. Colombia conoce bien ese costo: en 1994, la Misión de Sabios —con Rodolfo Llinás y Gabriel García Márquez entre sus miembros— entregó un plan educativo extraordinario, y treinta años después seguimos citándolo porque, en lo esencial, sigue pendiente. El costo de las grandes visiones educativas en este país nunca ha sido formularlas: ha sido sostenerlas más allá de un gobierno.

El punto fijo

Supongamos por un momento que nadie llevara camiseta. Que pudiéramos preguntarle a la evidencia, sin miedo a que la respuesta favorezca al bando contrario, cuál es la inversión más rentable que puede hacer una sociedad. La respuesta existe, es aburrida de tan sólida, y no tiene ideología.

Estudiante tomando apuntes de genética en un cuaderno cuadriculado, en un aula de Buenos Aires
Un cuaderno en un aula de Buenos Aires. Mientras el debate público discute abstracciones, el aprendizaje real siempre ocurre así: una persona concreta, una página concreta.

La UNESCO calculó qué pasaría si todos los adultos del mundo completaran la secundaria: 420 millones de personas saldrían de la pobreza — la tasa mundial se reduciría a menos de la mitad. Con solo dos años más de escolaridad promedio, casi 60 millones. Del lado del crecimiento, Eric Hanushek y Ludger Woessmann demostraron en The Knowledge Capital of Nations que lo que predice la prosperidad de largo plazo de un país no es cuántos años pasa la gente sentada en un aula, sino cuánto aprende de verdad: una desviación estándar más en las habilidades cognitivas de la fuerza laboral se asocia con cerca de dos puntos porcentuales más de crecimiento anual del PIB per cápita. Su análisis explica, de paso, el «enigma latinoamericano»: décadas de expansión de cobertura escolar que no produjeron el despegue esperado, porque se expandió el acceso sin expandir el aprendizaje.

Dicho sin economía: un pueblo sin educación es un pueblo pobre, y no como consigna de pancarta sino como regularidad empírica. Y el corolario duele más cerca: el Banco Mundial estima que, tras la pandemia, cuatro de cada cinco niños de América Latina no comprenden un texto simple al terminar la primaria. Ese dato debería ser el centro del debate público de la región. No lo es, porque el debate está ocupado en otra cosa.

A esto me refiero con un punto fijo: un objetivo que se declara fuera de la disputa, como las sociedades han hecho antes con otras cosas demasiado importantes para politizarlas. Nadie discute por bandos la potabilidad del agua ni el calendario de vacunación infantil — se fijan criterios técnicos, se miden, se corrigen y se sostienen entre gobiernos. Que un niño de diez años comprenda lo que lee no es de izquierda ni de derecha; es la condición previa para que ese niño, de adulto, pueda siquiera elegir con libertad entre la izquierda y la derecha. La educación es el único punto del espectro donde todos los proyectos de sociedad coinciden por definición: cualquier país que alguien quiera construir necesita gente capaz de construirlo.

De lo plural a lo singular

Hay una segunda trampa, más sutil que la ideológica, y es la trampa de la escala. Los problemas mirados en plural —«la educación», «la pobreza», «el sistema»— tienden a producir parálisis o discurso, porque nadie puede actuar sobre un plural. Las soluciones reales ocurren siempre en singular: un estudiante que descubre a qué quiere dedicarse, un maestro que recupera sus noches, un adulto que aprende a leer a los cincuenta años. La perspectiva global sirve para diagnosticar; solo la singular transforma. Cuando un problema se discute únicamente en plural, es señal de que nadie lo está resolviendo.

Esa convicción me define más que cualquier postura política, y es la razón de que exista el proyecto donde publico estas líneas. Cuando fundé Kreium no empecé escribiendo un pliego de reformas ni esperando a que un gobierno adoptara mis ideas: empecé por un problema del tamaño de una persona — las horas que un docente pierde cada noche en trámites que una máquina puede hacer. Primero un docente, luego otro. La apuesta de fondo es esa: el cambio educativo real se construye de abajo hacia arriba y de a uno, porque cada hora devuelta a un maestro es atención devuelta a estudiantes concretos, con nombre y apellido. Los proyectos, a diferencia de los gobiernos, no necesitan ganar elecciones para trabajar, y no pierden las que no juegan: pueden sostener un objetivo por décadas, que es exactamente lo que la educación exige y la política no ofrece.

Por eso creo que la solución verdadera viene de las personas — no como frase inspiracional, sino como diagnóstico institucional. En un país donde la política pública educativa se reinicia cada cuatro años, los únicos actores capaces de darle continuidad a un propósito son las personas y las organizaciones que lo adoptan como propio: maestros, familias, escuelas, y proyectos construidos alrededor de un problema y no de una ideología.

Los que quedaron por fuera

Un punto fijo obliga a mirar donde el discurso no mira. Si el objetivo es que la gente aprenda —no que un bando gane la discusión sobre cómo debería aprender— entonces la primera pregunta es: ¿quiénes están hoy más lejos de lograrlo?

La respuesta en Colombia tiene mapa. La tasa de analfabetismo nacional ronda el 5 % —cerca de un millón y medio de adultos que no saben leer ni escribir—, pero ese promedio esconde el problema real: en las zonas rurales es del 9,3 %, más de tres veces la urbana, y en los municipios más golpeados por el conflicto armado supera el 14 %. La Guajira, Chocó, Sucre, Córdoba, Nariño: el analfabetismo colombiano no está repartido, está concentrado exactamente donde se concentra todo lo demás que duele. A eso se suman los 2,7 millones de jóvenes que no estudian ni trabajan — una cuarta parte de su generación, ya fuera del sistema y todavía con medio siglo de vida por delante.

Manos de un adulto escribiendo con esfero en un cuaderno cuadriculado
Aprender no tiene fecha de vencimiento. La educación de adultos existe en la ley colombiana desde 1997; lo que le ha faltado nunca es marco legal — es alcance.

Para esas personas, «volver a estudiar» no puede significar sentarse en un pupitre de primaria a los cuarenta años. Colombia tiene desde 1997 una arquitectura legal para esto —los ciclos lectivos especiales integrados y los modelos educativos flexibles del Ministerio de Educación, como A Crecer para la Vida, diseñados para jóvenes y adultos que el sistema regular dejó atrás—, y su lógica pedagógica es la correcta: reconocer los aprendizajes previos, aprender en contexto, ajustarse a la vida del que trabaja. Lo que estos programas nunca han tenido es escala sostenida: dependen de la voluntad del gobierno de turno, crecen y se encogen con los presupuestos, y llegan a decenas de miles cuando la deuda es de millones.

La visión de largo plazo de Kreium incluye a esa población de manera explícita, y prefiero decirlo con honestidad: hoy no tenemos la herramienta para ellos. Trabajamos primero con docentes, y las capas que siguen están dirigidas a quienes ya están dentro del sistema. Pero la razón por la que la inteligencia artificial me parece una noticia enorme para la educación aplica con más fuerza todavía en los márgenes: por primera vez, el costo de personalizar se desploma, y personalizar es precisamente lo que la educación de adultos y rural siempre ha necesitado y nunca ha podido pagar — material en la lengua del estudiante, a su ritmo, desde su punto de partida real, sin exigirle una infraestructura que su vereda no tiene. Llegar ahí es una fase posterior de este proyecto, no la promesa de un trimestre. La menciono porque un punto fijo se declara completo: educar a un pueblo incluye, sobre todo, a los que el sistema ya dio por perdidos.

La desintoxicación racional

Este ensayo no le pide a nadie renunciar a sus convicciones políticas. Las convicciones son legítimas y la democracia las necesita. Lo que pide es más modesto y más difícil: que saquemos una cosa —una sola— de la trinchera. Que la pregunta «¿aprenden los niños a leer?» se responda con datos y no con camisetas; que un programa que funciona sobreviva al gobierno que lo creó, aunque lo haya creado el adversario; que la palabra «cambio», tan invocada por todos los bandos, se le cobre a cada quien en su moneda real: no en discursos, sino en niños que comprenden lo que leen.

Toda fe que promete la salvación total mañana anestesia la capacidad de mejorar algo concreto hoy. La desintoxicación no consiste en dejar de creer en algo, sino en volver a creer en lo verificable: en el punto fijo, en lo singular, en el estudiante con nombre y apellido. Los países no se transforman cuando un bando derrota al otro; se transforman cuando suficientes personas dejan de esperar esa victoria y se ponen a construir — un maestro a la vez, un aula a la vez, un lector a la vez.

Ese es el país que quiero ayudar a construir. Y por eso insisto en que la educación no es un tema de campaña: es el punto de partida de todos los demás.


Fuentes

Base
16m2 lecciones

Gestión emocional en el aula

Psicología educativaInicial
1
Incluido con un plan pago